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Alberto E. Azcona

  

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mailto:albertoeazcona@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

BIOGRAFÍA

Alberto E. Azcona:
Jurista, historiador, ensayista y escritor de reconocida trayectoria. Nació en Pehuajó, Provincia de Buenos Aires, República Argentina Trabajó como abogado y ejerció la magistratura, escribiendo sobre temas de su especialidad. Cumplida esa etapa, se entregó a estudios históricos y fuente primaria de historia, al análisis de juicios criminales famosos, luego de presenciar en Estados Unidos y Europa la sustanciación de diversos procesos. Inclinado al estudio de la jurisprudencia y al sistema del juicio por jurados, trata de hacer conocer algunos detalles en esa materia.

Padre de María Cristina Azcona

LIBROS

Guerra en las Pampas
by Alberto E Azcona  ------- 

Editorial El Corregidor

 
 

 
 
Casos Criminales I

Editorial ARGENTA

 

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Casos Criminales I
  
 
Guerra En Las Pampas
 

 

LEA ARTÍCULOS Y CUENTOS por
 
ALBERTO E
 AZCONA

Relatos del Oeste Bonaerense
Episodios y cuentos de frontera, en el rumbo de pueblos como Luján, Mercedes, Bragado, 9 de Julio, Pehuajó, Trenque Lauquen, Guaminí, Puán (Provincia de Buenos Aires). Personajes como Juan Moreira, Faustino Leiva, los avestruceros, los "junineros", que parecen escapados de las páginas del "Martín Fierro": el fortín de los Desobedientes", Fortín de los "Hombre sin Miedo".
Se ofrece para lectura electrónica

Altuna

Mas allá del fuerte Paz


El Navarrero

 
 
 



 


 

 

 

A L T U N A

por Alberto E. Azcona

 


El tren dejó atrás el pueblo de Mercedes, que aún conservaba su aire de antiguo fuerte de campaña, y los tres vagones "del convoy se perdieron en medio de una nube de humo y polvareda rumbo al Sud-Oeste.

Desde su asiento junto a la ventanilla del último vagón, Juan Altuna parecía no sentir el abrasante calor de aquel mediodía de enero, mientras observaba con los ojos entornados, la inmensa llanura que a su izquierda se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Las bocanadas de ardiente polvo que se filtraban por las ventanas, puertas y aún por lo más pequeñas hendijas, no alcanzaban a alterar la compostura de su parte, sobrio y circunspecto, que mantenía sin variantes desde las 8 de la mañana, cuando abordara el tren en la Estación del Parque. sólo el sombrero aludo de filtro negro que llevaba requintado sobre sus ojos, le prestaba una nota de cierto desenfado, que contrataba con la seriedad de su vestimenta: saco oscuro, pantalones claros, tomados a manera de bombachas en unas fuertes botas cortas de color negro; la camisa verde oliva de algodón caía holgadamente sobre el amplio pecho del joven viajero, ceñida por un ancho cinturón de cuero con gruesa hebilla de planta. Al cuello, un pañuelo colorado con el nudo hacia el hombro izquierdo.

Sintió de pronto la voz profunda y  áspera del hombre que ocupaba el asiento de enfrente: corpulento, cetrino, en la mitad más fiera de los cincuenta podía calcularse su edad.

Paciencia hija, que ahora no más llegamos al Chivilcoy...

Le hablaba a una hermosa joven de unos diecisiete años que a su lado venía sentada muy decorosamente, silenciosa pero alerta, escuchando respetuosamente, y con calma se puso a estudiar a sus vecinos de asiento. Una sola mirada le bastó para advertir en él las señales que el prudente aprende a reconocer de inmediato, las del hombre "capaz".-

Con cuidado, pues, protegido por el ala del sombrero, desvió la vista hacia el lugar que ocupaba la joven. Abundantes cabellos castaños bajo el pañuelo punzó, facciones regulares, cutis lozano de morocha clara, ojos pardos con puntos verdosos que miraban obstinadamente el paisaje; manos pequeñas y bien formadas, el busto lleno, la cintura estrecha, el cuello largo y la cabeza erguida. El vestido, inexplicablemente fresco y sin arrugas. Todo lo captó en pocos segundo .-

Se olvidó entonces, por un instante, de la penosa realidad, que era este tren enfilado hacia el final de la vía y la incertidumbre que lo esperaba más allá  del Fuerte Paz, que era su meta final. Un par de ojos chuzos lo habían ablandado...

Pero en eso momento las broncas y ululantes pitadas del tren y el acre olor de la bocanada de humo que el viento embolsó por la ventanilla hacia el interior del vagón, se llevaron los pensamientos de Altuna hacia el otro mundo que había dejado para siempre y le pareció escuchar de nuevo el tronar del cañón y el pungente olor a pólvora en el viejo valle natal. Y con esas reminiscencias de la más atroz derrota , de la huida sin esperanzas y de la rabia impotente después del pacto traidor. Frunció el ceño y sus ojos cerrados parecieron encenderse con destellos de indomable bravura...

Un hombre apareció en el pasillo, inclinándose para hablarle al viajero sentando enfrente de Altuna.

- Dígame señor, Vd. es don Feliciano Laredo?; preguntó el intruso con untuosa deferencia.-

-Sí, pues; le respondió escuetamente el aludido.-

-Entonces dejuro vá  p'al Veinticinco... Insistió el desconocido.-

-Puede ser... Y quién lo pregunta?

Antes de proseguir, deslizó el inquisitivo personaje una furtiva mirada hacia la muchacha, que no había levantado los ojos del tejido con que ocupaba sus fuerte y diestras manos.-

Yo soy Natalio Paredes - respondió el individuo - y aquí estos señores del Chivilcoy me han dicho que me conviene agregarme a su tropa de carretas, pa' llegar al Veinticinco, porque hacia ese rumbo se han visto algunos indios alzados. Así que le pido la gauchada, don Feliciano.-

-Ah ...; dijo el anciano. y de donde es usted mi amigo?

-Yo vengo del lado de Lobos, contestó bastante vagamente el que decía llamarse Paredes.- Voy al Veinticinco a comprar unas yeguas y sé que Vd, tiene un lote bastante regularón. Sería cuestión de verlas, si a Vd, se le ofrece.-

_Tá  bueno; dijo el viejo Laredo, no sin antes echar una mirada al grupo de hombres, del cual se había desprendido Paredes en el otro extremo del vagón. A todos los conocía, eran del Nueve de Julio, gente del caudillo alsinista don Honorato Robbio. Como éste le representaba una garantía, le dijo sin más:

- Véame mañana en Chivilcoy;saldremos del mercado, frente a la Estación, a la madrugada... y agregó, mirando de soslayo hacia la derecha del viejo: - Adiós moza...; con una sonrisa engraciadora.-

Laredo se limitó a sentir en silencio, mientras que la muchacha contestó seriamente: - Adiós señor... Y después de mirarlo con tranquilidad, volvió a sus incesante tarea con las agujas.-

Altuna siguió mirando en silencio por la ventanilla, mientras desfilaba antes sus ojos el pasto de la llanura: cortaderas, pajas bravas matas de "cola de zorro" con sus largos tallos y blancos penachitos "alfilerillos" duros, enanos, siemore verdes,; parches de trébol, de olor; "Lenguas de vaca" de anchas hojas; cebadillas esbeltas y espigadas; gramillas. De pronto comenzó a pasar antes sus ojos un cañadón , lleno de pajas coloradas y pajas bravas, y en islotes, los blancos y aterciopelados penachos de las cortaderas, balacéandose al viento. No le pesaba ser un solitario en esa peligrosa tierra de frontera, pues no había dejado nada detrás, aunque no fuera él mismo quién quemara sus naves como Cortés - pensó con amargura- sino que fueron otros quienes se encargaron de hacerlo.-

 

Al rato, cuando volvía distraídamente su mirada hacia el frente, se encontraría con que ambos, padre e hija, miraban atentamente hacia el pajonal. El Viejo frunció de pronto el ceño y su mirada parecía escudriñar cada una de los junquillos, pajas bravas y Cortaderas que desfilaban velozmente en sentido contrario a la marcha del tren.

¿Ha visto algo, Papá ?: preguntó la muchacha con calma y su voz cristalino, de cálido timbre, llena de feminil delicadeza, recordóle al joven las voces de las mujeres en el pequeño mundo para siempre perdido, de su aldea montañesa; las voces de su madres y hermanas, aquellas "Nescatas baserritarras" que tal vez nunca volvería a ver...

-El campo se está  "moviendo"; sentenció Laredo. Alcancé a divisar un indio de lanza, quietito entre el pajonal. He visto asomar su lanza entre las Cortaderas. Nada bueno debe estar haciendo tan adentro de la frontera, Puede haberse pasado, de noche, entre dos fortines de la línea nueva. Nos estará  "bombeando" para alguna picardía? y agregó luego, con insospechable dulzura: - Pero no se me aflija Aurorita, que pronto va estar en las casa, sin novedad...

De pronto la locomotora, que seguía empujando hacia el Sud-Oeste en la interminable llanura, tomó mayor velocidad al encontrar la baja del terreno que anunciaba las cañadas del Chivilcoy.-

Bueno, mi amigo, vamos llegando. Si alguna vez viene por Veinticinco, pregunte nomás por Laredo; será  bien recibido cuando se le ofrezca acercarse a las casas.-

-Se agradece , señor; contestó lacónicamente el joven. Y nada más se dijo entonces, hasta que el tren llegó a la Estación de Chivilcoy.

Al despedirse, se dieron las manos. El viejo estiró la suya apergaminada y áspera, rígida como una manopla de madera , aunque su gesto era cordial y amistoso. La muchacha adelantó la suya y Altuna tuvo por unos embriagadores instantes, en sus manos fuertes, la indescriptible dulzura de unas manos pequeñas, que la joven retiró con un poco de premura, los ojos bajos y en silencio.-

Sin atinar a otra cosa, el joven se echó al hombro rápidamente el bolso de lona con sus pocas prendas y marchó, sin mirar de nuevo, hacia la salida del vagón.-

A nadie conocía en Chivilcoy y buscó una fonda para hacer noche, decidido a salir en la madrugada para el Veinticinco, donde sus primos sin duda le darían trabajo, hasta juntar unos patacones que la emitieran aviarse para emprender su gran aventura, allá  en las tierras que pasando el Fuerte Paz, comenzaban a ser pobladas por algunos pocos audaces, tentados por las mentas de los boleadores que solían plantar sus reales alrededor de "Las Mellizas", dos lagunas que ni figuraban en los mapas de la época.-

Bien temprano de despidió del fondero y de su esposa y cuando llegó al mercado, no demoró en encontrar a don Laredo y luego de saludarlo le pidió autorización para viajar en las carretas, que ya se estaban formando para salir. El viejo no se demostró sorprendido y asintió, diciéndole: Acomódese en esta carreta, y al tiempo que le señalaba la primera de una fila de cinco que ya se movían, agregó: El fondero ya me habló de Vd., todo está  arreglado. Antes de salir, puede arrimarse a churrasquear, si gusta.-

-Gracias, señor - respondióle Altuna- y se acercp a un fogon rodeado ya por un grupo de personas. El asado lo atendía un criollo grandote, que alternaba sus cuidados de asador, menudeando los tragos de una bota colgada al alcance de su mano en la horqueta de un  árbol seco. Sin embargo, no perdía la vista ni por un momento la evolución del fuego , la colocación del grueso asador clavado en el suelo, los cambios de viento, ni el corrillo de comensales que aguaitaban el asado cuchillo en mano.-

-Paciencia, caballeros; todavía no está  a punto, y de repente, dando un salto felino desde el  árbol seco, acomodó con las punta de su largo facón unas brillantes brazas, alejándolas de la carne. Miró luego atentamente el costillar y, mientras todos estaban pendientes de cada uno de sus gestos, levantó su mirada y dijo a los circunstantes:

-Ahora vamos a matar el hambre, para empezar, con este "matambre". Por derecha, caballeros.-

Altuna se colocó en la fila y, luego de recibir una buena tajada de matambre, dio las gracias y se sentó sobre un gran tronco de árbol derribado, donde comió el manjar y luego un trozo de asado. De vez en cuando le tocaba el turno con la bota de vino que los comensales se iban pasando de mano en mano, y así un buen rato, hasta que llegó la rueda del mate, ésta más conversada, como es costumbre.- Y allí se enteró el jóven de que todas las fronteras Oeste hervía de rumores sobre una gran "entrada" de los indios a caudillados Calcufur .

 

Se decía que aún los indios "amigos" de Catriel, Coliqueo, Raninqueo, Manuel Grande y Melina, se hallaban en disposición de alzarse, incitados por los parientes y emisarios del viejo cacique brujo, agazapado en las Salinas Grandes.-

Cuando llegó la hora de partir, ya entrada la mañana se acercó Altuna a la primera carreta y se encaramó junto al picador, un paisano cetrino, de poca estatura y edad indefinida aunque los dientes gastados y amarillentos y las arrugas en derredor de sus ojillos brillantes y agudos denotaban que era hombre viejo, por más que el cuerpo  gil en justo dijeran lo contrario. Dioses a conocer Altuna como enviado por Laredo, y en picador, que dijo llamarse Domingo Celiz, le dijo:

-Ya me avisó don Feliciano que Ud. viene con nosotros .Pueblero el mozo, nó?

Altuna, sin dejarse impresionar por el tono socarron del picador, le contestó, sobrio y tranquilo:

-Pueblero pero me las aguanto...

-Está  bueno, amigo; respondió Celiz, que mirando de soslayo lo había medido rápidamente al forastero, percibiendo algo amenazante, casi peligroso, que emanaba de ese joven de estatura mediana, fornido, pecho compacto, espaldas anchas, brazos largos y robusto.

Las demás carretas, unas diez o doce, venían detrás y al frente de la comitiva se adelantaron unos veinte hombres de a caballos encabezados por Laredo. Cuando estaban cruzando un vado, el viejo detuvo su caballo y cuanto tuvo a la par de la carreta de Celiz, se inclinó sobre el caballo y alcanzó al forastero un revólver y dos cajas de balas, que éste tomó sin comentarios y sacando de las carones unas cuchillas, el viejo la entregó además con estas palabras:

-Sabe majejar el facón, Altuna?

- Lo que puedo asegurarle - contestó el aludido-. es que nadie me lo va a quitar.-

Sonrió el jefe de la tropa de carretas y dándole un rebencazo al caballo, arrancó al galope en dirección a las carretas más retrazadas.-

-Ahora somos los cabeceros, dijo contento Céliz. Si se arriman los indios no se bajen por nada y déjenme hablar, por que soy medio lenguaraz. Una vez el juez de Bragado me pidió el pueblo. Yo soy Alsinistra crudo, sabe? Me le disparé una noche y antes que le avisara a los otros jueces de paz, que son como una comandita, me pasé a los indios, en la tribu de Pincén. Al final tuve que disparar de allí también y, como el juez lo mataron en una revolución, aquí me tienen.-

Al caer la tarde, cuando la tropa de carretas, después de vadear el Salado de los manantiales de Calelián, se aprestaban a acampar, gritó Célis, el picador:

-Indios !... Se veía como media legua una polvareda que el viento empujaba hacia el Este, y Altuna se preguntó como podía saber el picador si eran indios o cristiano. Más tarde, aprendió a conocer estas señales de las Pampas, habría de saber que por el polvo se notaba que una cantidad de jinetes marchaba separada, pues en marcha dejan los indios a los caballos, que sigan sus inspiraciones en busca de este u otro pasto, sin forzar un orden cerrado como acostumbran los cristianos, especialmente si son fuerzas de milicia. Por el momento, todos esperaron que los jinetes se acercaran, limitándose a estrechar distancias.-

Al rato se divisaron unos 10 o 15 indios de a caballo, que enfilaron hacia la primera de las carretas. Al que parecía mandarlos, vestido a las usanza de indios principal: vincha que sujetaba el pelo cerdoso, chiripá  corto bota de potro y espuelas de platas., con la cabeza en alta y tono arrogante dijo al picador:

- Dando aguardiente "peñi"., faltando mucho para Tapera de Díaz., tabaco y yerba también dando, y un yegua, tabaco, achúcar...

y mientras esto decía, con palabras pedigueñas pero tono imperioso los demás indios se habían corrido a ambos lados de la carreta y parecian esperar la voz de ataque el capitanejo . Todos blanían largas lanzas emplumadas cerca de la moharra y portaban boleadoras enrolladas en las cinturas .-

Cada uno de los cristianos se había quedado en su puesto , sin perderle pisada a los indios , cuando don Feliciano apareció galopando desde el fondo de la fila de carretas, plantó su caballo frente al capitanejo, que lo miró sin pestañear. Empezó un lugar parlamento entres ambos, que terminó cuando Laredo ordenó entregarle al indio cinco limetas de ginebra, una bolsa de galleta y otro más chica de yerba.-

Altuna observa estos enjuagues sin mucho agrado, pareciéndole atrevida la manera de pedir del indio y demasiado blanda la aceptación de Laredo a las exigencias de estos salvajes semidesnudos, que olían a potro y a grasa rancia. De pronto advirtió que uno de los tapes se deslizó como una sombra hacia la tercera carreta, donde iban las mujeres y le manoteó como un rayo el pañelo punzó con que sujetaba sus cabellos la hija de don Feliciano, que lanzó un grito de espanto. Se largó Altuna de su carreta y corrió para encarar al salvaje, un indio de cabeza chata y picado de viruela, que miraba con sus ojillos cerdinos la joven, mientras le decía:

-Dando vestido, chiñora rica...

Altuna sin más aferró con su mano izquierda la muñeca del indio, y poniendo su mano derecha abierta sobre el pecho desnudo del intruso, le dió un tremendo empellón, que lo lanzó volando a cuatro metros de distancia, donde cayó. Y antes de que se pudiera levantar, ya estaba el joven encima de él. Volvió a tomarle con su mano izquierda el brazo derecho ,del indio, que intentaba desatar de su cintura unas boleadoras avestruceras, y lo levantó en vilo, diciendo oléricamente:

-Yo te voy a dar vestido, canalla?; al tiempo que le asestaba un puñetazo con su derecha en el medio de la frente, que lo volteó al salvaje entre el polvo de la rastrillada. De nuevo se le fue encima Altuna, sin darle cuartel, empuñado ya su revólver; y cuando el indio, desde el suelo intentó usar las bolas a manera de maza, le propinó un terrible puntapié en el costillar, que lanzó al salvaje rodando por el suelo y aullando como un perro apaleado. Sin embargo, se levantó el salvaje corriendo agachando en busca de la lanza que había dejado clavada en el suelo junto a su caballo; pero ya lo tenía encima al forastero, quien le tomó el cuello desde atrás con la mano izquierda, mientras le masacraba y quedó tendido en el suelo, sin moverse. Altuna volvió entonces sobre sus pasos, retrocediendo sin dejar de darle el frente al indio, caído, ni a los otros que se acercaban, barriendo con la boca del armala zona de peligro, mientras buscaba cubrir sus espaldas con la carreta más próxima. Aparentemente sereno, frío casi, solo el brillo feroz de sus ojos acerados, recordaba el fulgor de los de un gran animal de presa.-

Convergieron hacia él de pronto, todos los indios que andaban diseminados entre las carretas, algunos remolineando ya las lanzas en actitud de ataque y otros desatando las temibles boleadoras de sus cinturas. Altuna eligió a quién tirarle primero , antes de enfrentar al que hacía punta; luego ya vería que hacer con la decena de salvajes que venían detrás. En esos momentos no esperaba ayuda de nadie;

sólo se tenía que valer. Así estaba acostumbrado; no era el primer entrevero en que se veía. Lo principal- pensó- es que no le ganaran las espaldas; desconfiaba de algún bolazo perdido. En cuanto a las lanzas, no lo iban a engañar con esos revoleos infernales; él también sabía cambiar de mano en el revólver y el facón en el medio de un barullo.

La ayuda vino sin que la esperara. De pronto sintió que alguien se ponía a su lado , dando espaldas a la carreta. Era el paisano Célis, que había arrollado en su brazo izquierdo un ponchito liviano, mientras blandía en su derecha un enorme facón, casi un sable.

-Déjelos nomás que vengan esos sotretas - le dijo a Altuna-, malditos chinos empelotados, no se van a morir de antojo. Cuide a la izquierda aparcero y déjeme cancha del lado de enlazar.-

Quieto Altuna y Ud. Célis!; dijo perentoriamente el viejo; mientras que el apitanejo, en lengua araucana les hablaba a sus indios.

Entonces éstos pegaron la vuelta como si no hubiera pasado nada, alzaron al caído sobre su caballo; mientras éste último acusado:- sacando tralca cristiano, acando tralca... Sin hacerle caso, se dirigieron todos al trote corto hasta el montecito distante una media cuadra.

EL capitanejo miró una sola vez a Altuna, con mirada inexpresiva; a Célis ni lo miró. Luego de hablar algo con Laredo, rumbeó también sin apuro hasta el ontecito donde estaba el resto de la partida.

Se acercó a ellos don Feliciano. Los miró sereno, muy serio y con aire paternal les dijo:

Esta vez la sacamos barata. Ese era el capitanejo Platero, dos veces yerno del cacique Coliqueo . Es un indio ladino, que anda con ganas de alzarse. Suerte que no era partida Pampa; somos más que ellos. Si no es por eso aquí nomás los chucean a los dos, y a lo mejor - agregó nos deguellan a todos. Y a las mujeres - aquí lo miró ceñudo a Altuna seguro que se las llevan a las tolderías de Pincén o de Calfucur .

Dicho esto, cerró la cuestión. -Acamparemos aquí, pondremos centinelas; Vd. va primero Célis, después Altuna. Y girando su caballo, se dirigió hacia la carreta donde viajaba su hija.-

No se había puesto aún el sol sobre el horizonte, cuando ya humeaba un gran fogón en medio del círculo de carretas y Altuna fue invitado por don Feliciano a sentarse a su lado, sobre unos aperos tirados en el suelo. Los demás hombres estaban acomodados alrededor del fuego, y algunas mujeres se habían juntado un poco más atrás, sin apartarse de una de las carretas que parecía servirles de despensa y punto de reunión; de manera que allí comían apartadas, haciendo algunas visitas al grupo de los hombres, para retirar un trozo de matambre, o alcanzanales algunas galletas, sal, o las botas de vino. Entre todas las olleras, Altuna alcanzó a divisarla a Aurora Laredo, que charlaba alegremente con las demás, de espaldas al fogón.-

Cuando se hubo sentado, quedó en silencio, contemplando el fuego, hasta que don Feliciano le alcanzó una galleta y sobre ella un gran trozo de matambre. Todos comenzaron a comer y cuando estaban terminando, abrió don Feliciano la onversación, diciéndole al forastero:

- Vea mi amigo Altuna, debo advertirle que Vd. hoy se ha ganado un mal enemigo; y también amigos entre nosotros. El indio que Vd. atropelló es de la gente del caciquillo Platero. Todos ellos son taimados y vengativos, por más que se las dan de indios amigos. Y este Platero,- amalhaya con esta cría !- tiene mucho valimiento en la Tapera de Díaz, con el cacique Ignacio Coliqueo.-

- Así nomás es - dijo un criollo picado de viruela, mientras mordizqueaba un pedazo de matambre- porque este Platero está  casado con Anita y también con su hermana Agustina Coliqueo. Pero nada va hacer sin autorización de su suegro el cacique, que lo tiene a rienda corta, desde la muerte del paisano Pedraza.

Se enteró entonces Altuna, a través del relato que fueron haciendo los hombres unto al fog¢n, del hecho ocurrido el a¤o anterior en la pulpería de don Electo Urquiza, ubicada dentro de las tierras que el Gobierno le diera a Coliqueo después de la batalla de Pavón. Se produjo en esa pulpería - según relato del propio Urquiza- una pelea entre el capitanejo José Platero y un criollo joven de apellido Pedraza. Antes que el indio echara mano al cuchillo, Pedraza lo volteó de un telerazo,empezó entonces a retirarse hacia el palenque y cuando iba a estribar, sintió un movimiento a sus espalda. Se dió vuelta de improviso cuchillo en mano y con el mismo envión lo ensartó a uno de los indios de Platero, que se le venía encima con además de asestarle un balazo. Sin esperar a ver si estaba muerto - lo estaba - Pedraza saltó sobre su caballo y esta vez con el apuro no se ocupó de estribar. Salió a la carrera rumbo a la estancia de don Segundo Rubio, donde estaba agregando como domador, esperando encontrar allí protección contra los indios, que ya lo empezaban a perseguir en gran número. Llegó a la estancia, pero de allí lo sacaron los indios, sin que nada pudieran hacer los tres o cuatro peones del establecimiento, contra cuarenta indios de lanza. Fue llevado Pedraza a presencia del cacique, que ahí nomás lo hizo lancear por los parientes del muerto.

Parece que en estos casos, los jueces de paz no interferían, pues la muerte había ocurrido en jurisdicción de la toldería, y allí se cumplían las leyes de la tribu.-

- Pobre Pedraza, se metió en la boca de lobo; pensó Altuna. Y al mismo tiempo se dió cuenta que esta vez Platero se había sujetado a sus indios, sólo porque se hallaba lejos de los toldos. Advirtió también que si quería sobrevivir y no correr la suerte del paisano Pedraza, deb{ia aprender muy bien las costumbres que regían en ese mundo de la frontera, donde indios y cristianos se recelaban intensamente, no obstantes sus famosas "paces" y aparentes relaciones pacíficas. Informando por don Feliciano, se enteró de que cacique Ignacio Coliqueo estaba en buenos términos con los jefes militares de la frontera Oeste, pues era enemigo a muerte de Calfucur , el soberano de los indios salinero, y cuando éste sus voroganos era un aliado invaluable para detener o perseguir a los indios malones. El asunto se complicaba, sin embargo, porque muchos de los "indios amigos" que estaban nominalmente bajo el mando del cacique , estaban en carreta connivencia con Calfucur , cuya estrategia era absorver a los voroganos en su imperio de Salinas grandes, conseguir que abandonaran su asentamiento entre los cristianos y volvieran al desierto de donde prevenían. Y entre esos indios admiradores de "Piedra Azul", estaban precisamente el capitanejo Platero y el propio hijo del cacique principal, Justo Coliqueo, que gozaba, como hijo mayor, de gran alimiento en la tribu y era seguido por los hombres de lanza más levantiscos y aguerridos.

Esa noche, terminada su guardia, se acostó Altuna sobre unos cojinillos, debajo de la carreta de Célis, y antes de dormirse pensó si al día siguiente le sería posible hablar con Aurora, la hija de don Feliciano Laredo...

Pero dejemos a este joven inmigrante, esperando ver a su Aurora y esperemos que pueda ver la aurora de la mañana siguiente.

 


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