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   CARLOS DANIEL LAURANS

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EL HOMBRE DORMIDO

por Carlos D Laurans

 

 

 

                        Había una vez un hombre que vivía con los pies colgados del horizonte y la cabeza llenas de sueños, de espaldas a la vida.

                        La misma que lo rodeaba, tratando de llamarle la atención de todas las maneras posibles. Le regalaba amaneceres, tardes de sol, canto de pájaros, bellezas increíbles, pero el seguía allí, como si nada.

                        Ya bastante preocupada, fué a buscar a la alegría. Esta llegó vestida de sedas multicolores y cascabeles; bailó cantando a su alrededor y hasta se atrevió a tocarle la nariz, pero tampoco consiguió que despertara.

                        El amor, que observaba desde una nube también quiso participar en el rescate, y comenzó a acercarle personas.

                        Primero fueron los niños. Lo buscaban para invitarlo a jugar, luego adultos pidiendole ayuda y por fin, ella: la mujer de sus sueños.

                        Y claro, a eso nadie puede resistirse y menos aún cuando le dijo: te amo...

                        Comenzó sintiendo un calorcito en el pecho y mariposas en el estómago que fueron subiendo, y cuando llegaron a su cara, le estallaron en sonrisas.

                        Entonces, revoleó los zapatos, se dio vuelta y por fin enfrentó a la vida. Sin esfuerzo recuperó a la alegría y luchó por el amor.

                        Dicen también que ahora, cuando cree que nadie lo observa, ensaya pasos de baile, y hasta se atreve a cantar.

 

 

MI NIÑO

 

                   Cierto día, paseando por un parque, me detuve a observar a los niños. Su pureza, la alegría que brota a partir de cosas tan simples, como correr, saltar o jugar en la arena; cuando el vuelo de una hamaca les sirve para alcanzar el cielo, y cualquier madera para transformarse en espada poderosa.

                   Me pregunté dónde había quedado el mío, añorando aquellos tiempos; y tomé conciencia de todo lo que había perdido: inocencia, sueños, confianza, comprendiendo que de tanto andar y andar, se me había gastado más el corazón que los zapatos.

                   Quise recuperar a aquel niño. Pero ¿de qué manera?.

                   Recordé que alguien, alguna vez me había dicho que todas las respuestas estaban en mi interior.

                   Y allí fui a buscarlo. Fue un camino duro, oscuro; transitarlo llenaba de miedo.

                   Había muchísimas puertas con bisagras oxidadas por años de estar cerradas, e incluso detrás de algunas, a veces encontraba fantasmas que se esfumaban con la llegada de la luz.

                   Al fin, en el último rincón, pude encontrarlo. Acurrucado, muerto de frío, tan delgado que se le podían contar las costillas y tremendamente asustado.

                   Me senté a su lado y muy trabajosamente me abrazó. Porque a pesar de todo, ya se había acostumbrado a perdonarme. Aún manteniendo la pureza en sus ojos, débilmente, esbozó una sonrisa.

                   Entonces pudimos revivir muchas cosas. La vida en aquella escuela de campo, las siestas de invierno cuando salíamos a cazar palomas o les usábamos a escondidas los caballos a los chicos que estaban en clase; la casi ceremonia que significaba ir a misa, o las aventuras con mis primos cuando llegaban de la ciudad.

                   Debí también responder a muchas preguntas, y tomé conciencia del altísimo costo que significa intentar vivir disfrazado de adulto. 

                   Supe entonces que todavía se puede recuperar el encanto. Porque sigue habiendo tardes soleadas, pájaros, flores, afectos cercanos y mucho amor para dar.

                   Pero lo más importante: me hizo dar cuenta de que, a pesar de todo, todavía se podía volver a creer.

                   Entonces pido aceptes este desafío y te respondas, sólo a vos: Si alguna vez lo encuentras y te pregunta: ¿Que hiciste con mi vida? y ¿Adonde fueron los sueños?; ¿Cuál sería tu respuesta?

 

 

 

EL ABRAZO

 

 

 After - Acrílico/Cartón (37x65) un cuadro de José Barbosa

 

                        Comenzaron a pesarme demasiado la soledad, los silencios, la oscuridad de todas las noches al llegar a casa.

                        Me di cuenta que la vida, que creía completa, no lo era tanto.

                        Era evidente que el dar, brindar servicios a la gente y el amor que recibía no alcanzaba.

                        Faltaba alguien que me espere con una sonrisa al llegar, una mujer que encontrara mil maneras para decirme Te Quiero.

                        Lo pedí fervientemente, desde el fondo de mi alma.

                        Y un día, sin campanas, música ni fuegos de artificio, simplemente la descubrí a mi lado.

                       Bastaron dos días. Hablando entusiasmados, tomados de las manos, sintiéndonos empujados hacia el otro, para no poder detener un abrazo y el beso.

                       En un estallido de luz, nos fundimos totalmente en un solo ser.

                      Parecíamos cubiertos por las alas de un ángel, y definitivamente, volvimos a nacer.

 


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