| BIOGRAFÍA | La Dra. Maria Silvina Castellano (abogada) nace el 22 de agosto de 1978 en Buenos Aires, Argentina. A corta edad comienza a escribir poemas de hondo contenido social, como “Ignorancia Insulsa”, escrito a los once. Se recibe de ABOGADA en la Facultad de Derecho de la UBA donde se encuentra finalizando el Master en MAGISTRATURA y Administración de Justicia Trabaja en la Cámara Pensal Contravencional de la Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ha publicado artículos profesionales en revistas del país y del exterior Escribe tanto en inglés como español PREMIOS Y DISTINCIONES 
PUBLICACIONES en Argentina Juicio por Jurados en el marco del Proyecto del Código Procesal Penal de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires Por María Silvina Castellano - Sus trabajos literariospueden leerse en las antologías
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- LA SUTIL OBVIEDAD por María Silvina Castellano
- UNAS FLORES AMARILLAS
| | “UNAS FLORES AMARILLAS” por María Silvina Castellano
El día brillaba con un sol intenso, tan intenso que hacía brillar las hojas de los árboles y el césped en los parques. Se respiraba el calor y al mismo tiempo el descanso de las vacaciones. Yo tenía una cita muy especial con el destino: Me encontraría a ciegas con un amigo con el que conversaba desde hacía algunos pocos meses por medios virtuales. Su amistad para mí era muy especial y tenía muchas expectativas de conocerlo personalmente, ya que había leído poemas suyos que emocionaron mi alma en varias oportunidades. Yo solía publicar mis poemas en un sitio de Internet y él era uno de mis lectores asiduos, y siempre comentaba uno por uno de ellos de un modo maravilloso y único. Inspirándose en ellos, comenzó a escribir poemas que respondían a los míos. Era como si habláramos el mismo idioma, un idioma íntimo y secreto que sólo nosotros conocíamos. Jamás nos habíamos visto, pero era como si pudiéramos vernos, hablarnos en escucharnos, tan grande era la empatía y conexión que se había formado poco a poco entre los dos. Así pasaban nuestros días, nos inspirábamos el uno en el otro como en una retórica de extraña belleza con esos poemas pletóricos de un romanticismo nostálgico. Soñábamos ambos con convertir en realidad ideales nobles, y discutíamos sobre la mejor forma de hallar al amor verdadero y llegar con él a buen puerto. Ese día preciado de verano se produciría nuestro encuentro “real”. Había esperado mucho por esto, pero sin embargo mi mente y mi corazón se sentían presos de una intranquilidad estremecedora, ya que surgían de pronto tantas dudas. ¿Quién sería el amo de un alma tan bella y de la cual me sentía tan identificada? ¿Cómo sería nuestro encuentro, con tantas expectativas y anhelos construidos en el aire? Si alguna vez sentí que el mundo iba a resolverse en un día, sentí que ése era el día por donde pasaba el mundo. ¿Me reflejaría en el espejo de mi alma o sería sólo un falso espejismo creado por mis sueños? Mi identidad se cerraría como en un círculo al conocerlo, pensaba yo en un delirio repentino, mientras me alistaba entre ansiedad y nervios. Con tranquilidad fingida renté un coche para que me transportara hacia el jardín japonés, lugar que acordamos para la cita. Arribé al lugar antes que él, y al acercarme a la entrada del jardín observaba a cada hombre, tratando de imaginar quién o cómo sería mi amigo. Todos estos pensamientos me daban vueltas y agitábanse en mi cabeza como se agitan los pañuelos en los puertos al despedir a los viajantes que comienzan una larga travesía. En ese preciso momento, que duró dos segundos pero que significó múltiples eternidades para mi alma alborotada, volteé apenas y lo vi. Él se acercó sonriente, con una sonrisa amplia que mostraba unos dientes perlados y acostumbrados a sonreír. Su cabello era rubio como el sol que iluminaba su rostro y su sonrisa, y sobre todo a un ramo de rosas amarillas que sostenía en una de sus manos con la mayor tranquilidad del mundo. Parecía no darse cuenta de mi tremenda agitación y nerviosismo, mientras me llamaba por mi nombre muy contento de conocerme al fin. Pasamos algunas horas paseando por aquél parque, involuntario testigo mudo de nuestro encuentro bizarro y mágico. Nunca sabré que me pasó, pero sentí la desilusión que me envolvía y yo me dejaba envolver por ella, sentía que él no era el hombre al que yo esperaba. Es que no podía unir su interior con su ser externo, si bien era bien parecido, yo tenía una imagen muy formada en mi mente, y me resistía a cambiarla, no quería hacerlo. Esa misma noche hablamos por chat y en un impulso de sinceridad extrema le conté la verdad, no puede ocultarle mi sentir, que él no me interesaba, que no quería volver a verlo nunca más. Una verdad que hizo doler su corazón y que lo movió a escribir el más conmovedor y triste de todos sus poemas. Pasó el tiempo sin penas ni gloria, y él me llamó con motivo de las fiestas de navidad y año nuevo. Y de pronto se produjo el milagro y pude ver claramente lo que simbolizaban para mí esas flores amarillas. Ellas habían cambiado mi forma de ver la vida. Nunca me habían hecho un regalo tan singular, tan puro y digno de ser valorado. Nunca había sentido el afecto o el aprecio sintetizado en un objeto tan sencillo y obsequiado con tanta frescura y espontaneidad. La alegría de su dueño se me transmitió de una forma directa y profunda, de un modo inolvidable por medio de ese obsequio. Tiempo más tarde volví a verlo. Estaba vestido de amarillo de cabeza a los pies: sombrero amarillo, remera amarilla, bermudas amarillos y zapatos amarillos. Su ser interno y externo era de color amarillo, él era la alegría personificada que Dios había puesto en mi camino para que cambiaran los colores grises y marrones de mi vida. El significó la luz que hizo despertar mis noches estrelladas convirtiéndolas en los días más bellos y luminosos. Después de ese segundo encuentro ya nada sería igual. Había superado ese desencuentro terrible y doloroso de la primera salida, como si saltara de un abismo a otro, y pudiera llegar a pisar tierra más firme y segura. Y en esas tierras nuevas y desconocidas, mientras yo charlaba con él, no podía dejar de sentir embargarme una suave fragancia invisible, el aroma de aquellas especiales flores amarillas. | _______________________ REFLEXIONES La sutil obviedad por María Silvina Castellano
Hace un tiempo vengo reflexionando sobre algo. Cuando estamos enamorados, o al menos cuando creemos estarlo, queremos ser sutiles para no sufrir hasta realmente saber si nuestro sentimiento es real, y hasta ver cuál es la respuesta del otro lado- Sin embargo, ante el afán de nunca ser obvios me pregunto ¿hay algo más obvio que el amor? ¿Cómo no ser obvios ante el sentirse embargados por una emoción tan superlativa y tan hermosa? Es el destino quien nos enamora, a veces caprichosamente, y también quien nos desenamora. Es el destino quien nos encuentra con el amor, y es el amor quien nos hace encontrar con nuestro propio destino. Pero a veces si somos demasiado sutiles podemos perdernos de la obviedad, la obviedad del amor. Porque sí, porque la vida es mucho más linda vivirla si uno está enamorado, porque vale la pena, dejemos la sutilidad para algo menos noble cual es este puro y bello sentimiento, y atrevámonos a vivir y a sentir la dulce obviedad del amor. Que por cierto, no tiene nada de sutil.
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